Todo está iluminado. Pero de pronto la luz se apaga y nadie sabe dónde estoy. Desaparezco poco a poco. Sin saber cómo lo hago, voy elevándome hacia el cielo. Estoy volando sin rumbo, pero ella me acompaña.
Al verla, mi corazón palpita sin cesar, como si fuese el motor que consigue mantener mi cuerpo en el aire, el motor que consigue que vuele. Pero no es así; ella es la que tiene alas en su espalda. Unas alas enormes, de color fuego, semitranslúcidas, que revolotean como colibríes.
Siento el aire que desprenden sus alas. Es un aire cálido, que me relaja y consigue adormecerme.
Cierro los ojos.
Minutos después vuelvo a abrirlos.
Estoy tumbada en mi cama, destapada por completo. El aire acondicionado está puesto en 22º. Sudo. Al levantarme siento un leve mareo, y de pronto en mis retinas veo de nuevo su cara...
Esa cara de ángel que me miró anoche, mientras sobrevolábamos la ciudad.
